Es
imposible que resulte adecuada o concluyente ninguna discusión del
principio de los derechos de los animales que, como siguen ignorando muchos
de los llamados humanitarios, ignore la inmensa importancia subyacente del
tema de la alimentación. No tenemos por qué preocuparnos gran cosa por el
origen del hábito de comer carne. Vamos a dar por supuesto, como hace la
teoría que goza de mayor favor, que inicialmente, bajo la presión de la
necesidad, mataban animales las tribus migratorias no civilizadas, y que la
práctica que así surgió, fomentada por la idea religiosa de la ofrenda de
sangre y la propiciación, se perpetuó e incrementó aun después de que
hubieran desaparecido las tempranas condiciones de su origen. Lo que es más
importante observar es que el hecho mismo de que ese hábito prevalezca ha
propiciado que llegue a considerarse una característica necesaria de la
civilización moderna, y que esta opinión ha tenido, inevitablemente, un señalado
efecto -un efecto sumamente perjudicial- sobre el estudio de la relación
moral del hombre con los animales inferiores.
Ahora
bien, hay que admitir, creo, que resulta difícil reconocer y afirmar de
manera coherente los derechos de un animal que tenemos el propósito de
convertir en festín, dificultad que no han podido superar en absoluto, de
manera satisfactoria, aquellos moralistas que, mientras aceptan la práctica
del consumo de carne como una institución que está más allá de toda crítica,
se han mostrado deseosos de hallar una base sólida para una teoría de la
condición humanitaria. "Extraña contradicción de la conducta -dice el
Filósofo Chino de Goldsmith respecto a este dilema-. ¡Sienten piedad y
devoran los objetos de su compasión!" Hay también otra consideración más
que hacer: que la sanción que implícitamente otorgamos a las terribles
crueldades que el vaquero y el matarife infligen al inofensivo ganado hacen
casi imposible, por paridad de razonamiento, abolir muchos otros actos de
injusticia que por todas partes vemos en nuestro derredor, y quienes se
oponen a la reforma humanitaria no han tardado en sacar provecho de este
obstáculo[39]. De ahí
la disposición por parte de muchos autores, que por lo demás muestran
humanos sentimientos, a evitar el embarazoso tema del matadero, o a pasar
por encima de él con una serie de excusas contradictorias y harto
irrelevantes.
Pondré
algunos ejemplos. "Privamos a los animales de la vida -dice Bentham, en una
aplicación deliciosamente ingenua de la filosofía utilitaria- y está
justificado que lo hagamos: sus dolores no son comparables al placer que nos
proporcionan."
"Dentro
del programa de la universal providencia -dice Lawrence- han querido ser recíprocos
los servicios entre hombre y bestias, y la mayor parte de estas últimas no
puede pagar el trabajo y el cuidado humanos de otro modo que mediante la pérdida de la vida."
La
alegación de Schopenhauer se asemeja en algo a la anterior:"El
hombre, privado de la alimentación carnívora, sobre todo en el norte,
sufriría más de lo que sufre el animal con una muerte rápida e
inesperada. Pero deberíamos mitigar ese sufrimiento con la ayuda del
cloroformo".
Hay
también el argumento que suele fundamentarse en la supuesta sanción por
parte de la naturaleza. "Mis escrúpulos -escribe Lord Chesterfield- no podían
reconciliarse con esta horrible forma de alimentarse hasta que, tras grave
reflexión, llegué al convencimiento de su legitimidad derivada del orden
general de la naturaleza, que ha establecido, como uno de sus primeros
principios, la depredación sobre el más débil."
Y
tenemos por último al temible Paley, que descarta como carente de valor
toda apelación a la naturaleza, y se apoya en los mandatos de las Sagradas
Escrituras. "Un derecho a la carne de los animales. Alguna excusa se antoja
necesaria por el dolor y la pérdida que ocasionamos a los animales al
restringir su libertad, mutilar sus cuerpos y, finalmente, poner fin a su
vida para nuestro placer o conveniencia. Las razones que se alegan para
vindicar esta práctica son las siguientes: que al haberse creado diversas
especies de animales para comerse unos a otros, es permisible una suerte de
analogía para demostrar que la especie humana debía alimentarse a base de
ellos... Ante tal razonamiento haría yo la observación de que la analogía
que pretende establecerse resulta en extremo débil, ya que los animales no
pueden sustentarse de otro modo, y puesto que nosotros sí podemos, ya que
la especie humana podría subsistir en su totalidad a base de fruta,
legumbres, hortalizas y tubérculos, como de hecho hacen muchas tribus hindúes...
Paréceme que sería difícil defender este derecho mediante argumentos
proporcionados por el orden natural, y que debemos agradecerlo al permiso
que se recoge en las Sagradas Escrituras."
De
las citas que acabamos de mencionar, y que podrían ampliarse
indefinidamente, resulta claramente que la fábula del lobo y el cordero se
repite incesantemente en la actitud de nuestros moralistas y filósofos
hacia las víctimas del matadero.
Así
puede señalar Humphry Primatt que "buscamos por toda la naturaleza y la
forzamos en sus partes más débiles y tiernas para arrancarle, a ser
posible, cualquier concesión en la que podamos apoyar la apariencia de un
argumento".
Mucho
más prudente y humano es, sobre este particular, el tono adoptado por
autores tales como Michelet, quienes, no viendo modo alguno de escapar a la
práctica de la alimentación carnívora, se abstienen al menos de intentar
apoyarla con falaces razonamientos. "Los animales que están por debajo de
nosotros -dice Michelet- tienen también sus derechos delante de Dios. ¡Sombrío
misterio, la vida animal! Inmenso mundo de ideas y de mudos sufrimientos! La
naturaleza entera protesta contra la barbarie del hombre, que no comprende,
que humilla, que tortura a sus hermanos inferiores... ¡Vida... muerte! El
diario asesinar que implica alimentarse de animales... esos duros y amargos
problemas eran una grave preocupación para mi mente. ¡Miserable
contradicción! Esperemos que exista otro globo en el que se nos ahorren las
bajas, las crueles fatalidades de éste."[40]
Pero,
mientras tanto, sigue siendo cierto el sencillo hecho -que cada día
encuentra más y más corroboración científica- de que no existe esa "cruel
fatalidad" que Michelet imaginaba. La anatomía comparada ha demostrado que
el hombre no es carnívoro, sino frugívoro, en su estructura natural, y la
experiencia ha demostrado que la alimentación a base de carne es totalmente
innecesaria para sustentar una vida saludable. La importancia de este
reconocimiento más general de una verdad con la que han estado
familiarizados en toda época unos cuantos pensadores bien informados, difícilmente
se sobreestimará en la relación que tiene con la cuestión de los derechos
de los animales. Despeja una dificultad que desde hace tanto tiempo ha
aminorado el entusiasmo, o deformado el juicio, de la escuela más humana de
moralistas europeos, y hace posible abordar el tema de la relación moral
del hombre con los animales inferiores con un espíritu de indagación más
imparcial y menos lleno de temores. No es mi propósito en estas páginas
abogar por la causa del vegetarianismo. Pero, a la vista de la gran masa de
pruebas, fáciles de obtener[41],
de que el transporte y sacrificio de animales van necesariamente acompañados
de las más atroces crueldades, y de que un gran número de personas han
vivido durante años con buena salud sin recurrir al consumo de carne, hay
que decir al menos que omitir esta derivación del tema de la consideración
más seria y rigurosa es jugar con la cuestión de los derechos de los
animales. Hace cincuenta o cien años quizá existiera alguna excusa para
suponer que el vegetarianismo era una simple manía. Pero no existe en la
actualidad semejante excusa.
Dos
puntos hay de especial significación a este respecto. El primero es que,
conforme la civilización avanza, las crueldades inseparables del sistema de
sacrificio se han ido agravando, en vez de disminuir, debido tanto a la
mayor necesidad de transportar animales a grandes distancias, por mar y
tierra, en condiciones de premura y dureza que impiden por lo general toda
consideración humana hacia su bienestar, como a los torpes y bárbaros métodos
que con harta frecuencia se practican en esos antros de tortura que se
conocen como "mataderos privados"[42].
El
segundo es que también ha aumentado en gran manera el sentimiento de
repugnancia que causa entre toda la gente sensible y refinada la visión de
la actividad del carnicero, e incluso su mera mención, o el hecho de pensar
en ella, de modo que los detalles del repulsivo proceso se mantienen
cuidadosamente fuera de la vista y de la mente, en la medida de lo posible,
delegándose en una clase de parias que realizan el trabajo que horrorizaría
hacer a las personas más delicadas. En estos dos hechos tenemos clara
evidencia, primero, de que hay buenas razones para que la conciencia pública,
o en todo caso la conciencia humanitaria, se inquiete por cuanto concierne
al sacrificio del "ganado" y, segundo, que esta inquietud ya se ha
desarrollado y manifestado en gran medida.
El
argumento común, que adoptan muchos apologistas del consumo de carne, o de
la caza del zorro, según el cual el dolor que se inflige al matar a los
animales está más que compensado por el placer que han gozado durante su
vida, ya que de otro modo no hubieran existido siquiera, es más ingenioso
que convincente, ya que no es en rigor nada más que la vieja y conocida
falacia que ya hemos comentado: el arbitrario truco de constituirnos
nosotros en portavoces e intérpretes de nuestras víctimas. Mr. E.B.
Nicholson es por ejemplo de la opinión de que "podemos estar bien seguros
de que si [el zorro] fuese capaz de entender y dar respuesta a la pregunta,
elegiría la vida, con todos sus riesgos y penalidades, a la no existencia
sin ellos"[43].
Desgraciadamente para la solidez de esta suposición sospechosamente parcial
no hay ningún caso registrado de que esta extraña alternativa se haya
sometido nunca a ningún zorro ni a ningún filósofo, de modo que habría
primero de establecerse el precedente para basar en él un juicio. Entre
tanto, en vez de cometer el grosero absurdo de hablar de la no existencia
como estado bueno o malo, o de algún modo comparable a la existencia, mejor
haríamos en recordar que los derechos de los animales, si los admitimos en
absoluto, han de empezar con el nacimiento de los animales en cuestión, y
pueden sólo terminar con su muerte, y que no podemos evadirnos de las
responsabilidades que en justicia nos corresponden mediante esas sofísticas
referencias a una imaginaria decisión prenatal en un imaginario estado
prenatal.
El
más nocivo efecto de la práctica carnívora, en su influencia sobre el
estudio de los derechos de los animales en los actuales tiempos, es que
estultifica y degrada la razón de ser misma de innumerables miríadas de
seres: trae a éstos a la vida sin mejor finalidad que negarles el derecho a
vivir. Ocioso resulta apelar a la mortífera guerra que vemos en algunos
aspectos de la naturaleza salvaje, donde el animal más débil es a menudo
presa del más fuerte, puesto que allí {aparte del hecho de que la
cooperación modifica en gran medida la competición) las razas más débiles
viven al menos su vida propia y tienen su oportunidad en el juego, mientras
que las víctimas de los carnívoros humanos son criadas y cebadas, y
destinadas desde el primer momento a la final matanza, de forma tal que todo
su modo de vida se ve desvirtuado de su natural norma, y apenas son más que
filetes, piernas o jamones animados. Y esto, yo sostengo, es una flagrante
violación de los derechos de los animales inferiores, derechos que
comienzan a ser percibidos por la conciencia más humana de la humanidad.
Muy bien se ha dicho que "tener a un hombre {esclavo o siervo) meramente
para tu propia ventaja, o tener a un animal al que puedas comerte, es una
mentira. No puedes mirar a ese hombre o animal a la cara"[44].
Que
quienes son conscientes de los horrores que implica la matanza, y asimismo
de la posibilidad de una dieta sin carne, piensen que basta con oponer "el
permiso de las Escrituras" como respuesta a los argumentos de los
reformadores de la alimentación, es un ejemplo del extraordinario poder de
la costumbre para cegar la vista y el corazón de personas por lo demás
humanas. Cito el siguiente pasaje de Súplica de Clemencia para los
Animales[45], como ejemplo típico
de esa especie de perversión del sentimiento a la que aludo. "No sólo en
la supersticiosa India -dice el autor, cuyas ideas de lo que constituye
superstición parecen ser más bien confusas- sino también en este país,
hay vegetarianos y otras personas que ponen objeciones al uso de alimentos
animales, y no únicamente por motivos de salud, sino porque implican el uso
de un poder al que el hombre no tiene ningún derecho. Ante tales
afirmaciones no tenemos más que oponer el claro permiso del divino Autor de
la vida. Pero ese permiso sin matices no puede nunca sancionar que se
inflija innecesario sufrimiento".
Pero
si puede prescindirse del consumo de carne mismo, ¿cómo cabe argumentar
que el sufrimiento, que es inseparable de la matanza, pueda ser también
otra cosa que innecesario? Confío en que la causa de la humanidad y la
justicia (que no "clemencia" ) para con los animales inferiores no se vea
retardada por objeciones sentimentales y supersticiosas de este estilo.
La
reforma de la dieta será sin duda lenta, y en el caso de muchos individuos
estará llena de dificultades y retrocesos. Pero al menos establece que hay
algo que incumbe a todos los pensadores humanitarios: que cada cual debe
llegar a alguna conclusión satisfactoria respecto a la necesidad, la
necesidad real, del consumo de carne, antes de llegar a ninguna conclusión
intelectual sobre el tema de los derechos de los animales. Es fácil de ver
que, conforme se discuta más y más la cuestión, el resultado será cada
vez más decisivo. "Con independencia de cuál sea mi práctica -escribe
Thoreau- no me cabe la menor duda de que forma parte del destino de la raza
humana, en su gradual mejoramiento, dejar de comer animales, del mismo modo
que en las tribus salvajes han dejado de comerse los unos a los otros al
entrar en contacto con los más civilizados."
Fin del
capítulo
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